Empresarios, estudiantes, universidades, ciudadanos, trabajadores, corporativos y políticos de todos los partidos —incluidos legisladores y presidentes municipales— han construido, desde distintos ámbitos y durante años, las condiciones que hoy colocan a Querétaro en el segundo lugar nacional de competitividad. Ojalá levanten la voz para que ningún gobierno convierta en mérito propio lo que pertenece a todo Querétaro.
Querétaro es competitivo.
Eso no está a discusión.
El Índice de Competitividad Estatal 2026 del IMCO coloca a Querétaro en el segundo lugar nacional, solamente detrás de la Ciudad de México. La entidad subió cuatro posiciones respecto de 2025 y alcanzó el nivel máximo de competitividad: “muy alta”.
La pregunta incómoda es otra:
¿De quién es ese triunfo?
El Gobierno de Querétaro presume estos resultados, dando a entender que la competitividad fuera una medalla que le pertenece al gobierno en turno.
Y no.
La competitividad no es propiedad de un gobernador. Mucho menos de un partido político.
El IMCO mide 53 variables, agrupadas en seis grandes áreas: innovación y economía, infraestructura, mercado de trabajo, sociedad y medio ambiente, derecho, y sistema político y gobiernos.
Es decir, mide mucho más que lo que hace una administración estatal.
Mide el talento de nuestros jóvenes.
La preparación de nuestros profesionistas.
El trabajo de miles de trabajadores.
La inversión y el riesgo asumido por empresarios.
Las universidades.
Las cadenas industriales.
La infraestructura construida durante décadas.
La ubicación geográfica de Querétaro.
La industria automotriz.
La industria aeroespacial.
Los centros de datos.
La capacidad de innovación.
Y también, sí, las instituciones y las decisiones de los gobiernos.
El propio IMCO lo explica con claridad: los estados competitivos construyen ecosistemas donde se complementan empleo formal, talento calificado, infraestructura, sofisticación productiva e instituciones confiables. Y reconoce específicamente a Querétaro por el dinamismo de sus industrias automotriz, aeroespacial y de centros de datos, así como por su elevada complejidad económica.
Entonces resulta bastante cómodo que un gobierno tome un resultado construido por empresarios, trabajadores, universidades, ciudadanos y gobiernos de diferentes épocas y lo convierta en propaganda de la administración actual.
No, señores: la competitividad de Querétaro no es del PAN.
Es de Querétaro.
Y hay algo todavía más importante.
El IMCO no diseñó este índice para que los gobiernos se cuelguen medallas.
Lo diseñó para medir, comparar, detectar fortalezas y encontrar áreas de oportunidad para tomar mejores decisiones públicas y privadas.
Por eso, el Gobierno de Querétaro debería preguntarse:
¿En qué estamos fallando?
Porque ocupar el segundo lugar nacional no significa que todo esté bien.
El propio IMCO advierte que la competitividad requiere mantener avances en empleo formal, talento, infraestructura, seguridad, confianza institucional y capacidad fiscal. A nivel nacional, por ejemplo, solamente 27.4% de los adultos se siente seguro y la cifra negra alcanza 92.9%.
Así que hay una diferencia enorme entre utilizar un índice para gobernar y utilizarlo para presumir.
El primero dice:
“Estos son nuestros avances. Estos son nuestros problemas. ¿Qué tenemos que corregir?”
El segundo dice:
“Miren qué bien gobernamos.”
Y esa diferencia importa.
Porque Querétaro no necesita un gobierno que se apropie de sus éxitos. Necesita un gobierno que tenga la humildad de reconocer quiénes los construyeron y la inteligencia de utilizar los datos para resolver lo que todavía no funciona.
El segundo lugar del IMCO es una buena noticia.
Pero la competitividad no es un trofeo del gobierno.
Es el resultado de un Querétaro que lleva décadas construyéndose.
Y si alguien quiere ponerse la medalla, primero que diga cuánto puso de su bolsillo, cuánto talento creó y qué parte de esos 53 indicadores realmente le pertenece.
Porque Querétaro es competitivo.
Pero Querétaro no le pertenece a ningún partido.
